
Pude retenerte, poseerte, morderte, aguantarte
y dejar de jugar al orgullo de niños
inertes por el deseo de juntar las lenguas
por última vez.
Pero la niñita tiene miedo de equivocarse,
de ser menos persona,
de masturbarse pensando en la persona
que la sienta cada tarde en el escaño
que esta marcado con la humedad
de nuestros cuerpos que ahora se
distancian por una infame madurez
que no existe cuando ella envía
un mensaje con un “Te extraño”.
¿Será el efecto retardado del adiós?, o
¿solo es un poco de alcohol melancólico?

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